LEO ZUCKERMAN - Juegos de poder
La ausencia de Juárez
Año del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución. Año de homenajear a los héroes que "nos dieron Patria y Libertad". Sin embargo, ha habido una gran ausencia: la de Benito Juárez. ¿Por qué? Simplemente porque la Reforma no fue incluida como parte de los festejos patrios de este año. Un error, como bien lo apunta el historiador Enrique Krauze.
Benito Juárez es, según las encuestas, el héroe favorito de los mexicanos. Soy uno de los que así piensan. Creo que Juárez es el más grande personaje histórico de México, no por moda sino por la magnificencia del indio zapoteco: un personaje verdaderamente múltiple y brillante.
Hay una primera dimensión de la grandeza de Juárez que tiene que ver con las ideas. En su figura se cristalizan las grandes luchas ideológicas de nuestro país. El debate, que en el siglo XIX acabó en guerra civil, es de dos visiones contrapuestas acerca del tipo de nación que México debe ser. De un lado, la perspectiva liberal que pretende un país republicano, federal y laico. Del otro, el enfoque conservador que busca mantener los privilegios, piensa que México requiere un hombre fuerte (tipo monárquico) para gobernar, pretende un régimen centralista y no ve con buenos ojos la separación de la Iglesia y el Estado.
Juárez encarna la visión liberal que militarmente ganó y quedó plasmada en las constituciones de 1857 y 1917. Sin embargo, hay que reconocer que el liberalismo mexicano sigue teniendo dificultades para echar raíces en un país como México acostumbrado al corporativismo. Desde la colonia y hasta nuestros días seguimos batallando por que los individuos sean considerados como ciudadanos, iguales ante la ley, con mismos derechos y obligaciones, y no como súbditos que se relacionan con el Estado a través de prebendas que reciben por pertenecer a corporaciones.
La segunda dimensión de la grandeza de Juárez tiene que ver con su papel fundamental en la formación del Estado-nación. Si bien México se independizó en 1821, la realidad es que el país era más proyecto que realidad cuando se promulgó la Constitución de 1857. México era un verdadero desastre caracterizado por luchas de poder intestinas, un regionalismo desmedido, la omnipresencia de la Iglesia católica, el liderazgo ridículo e itinerante de un dictadorzuelo trastornado como Antonio López de Santa Anna y un ambiente desmoralizado por la humillación de haber perdido más de la mitad del territorio nacional.
Como nación, México se encontraba a la deriva cuando Juárez tomó el poder por primera ocasión en 1858. Cuando murió, en 1872 todavía siendo presidente, el Estado mexicano finalmente se había afianzado gracias a las luchas que encabezó y ganó el zapoteco contra los invasores franceses, los caciques regionales y la Iglesia. En este sentido, más que Hidalgo, Morelos o Guerrero, Juárez es el verdadero artífice de la nación mexicana.
La tercera dimensión de la grandeza del oaxaqueño, quien rigurosamente vestía de levita, es como el gran político que fue. Al respecto, dice Brian Hamnett, uno de sus mejores biógrafos: "las dos características que más sobresalieron durante toda su carrera fueron la tenacidad y la obstinación. Pero debajo de la intransigencia se encontraba el Juárez pragmático, táctico, despiadado explotador de las oportunidades políticas y las debilidades de sus oponentes".
Una cuarta dimensión, relacionada con la anterior, tiene que ver con el conocimiento que tenía Juárez sobre el mundo y cómo éste afectaba a México. En particular, entendió a la perfección las disputas imperialistas europeas, la guerra civil de Estados Unidos y la aparición de este país como una potencia hemisférica.
La quinta dimensión de la grandeza de Juárez tiene que ver con su compromiso con el Estado de derecho. Su relación, a veces tortuosa, con la Constitución y las leyes secundarias es, sin duda, uno de los episodios más polémicos de su vida.
Este año de fiestas históricas, lo mínimo que debe hacerse es también honrar al más grande de nuestra historia: Benito Juárez.




