Vicente Fox
Volver al humanismo
Hacer un balance de México como nación independiente, a 200 años de la Independencia, no es tarea fácil. De entrada, se trata de un periodo muy vasto, pleno en acontecimientos históricos, transformaciones, adelantos y también, hay que decirlo, grandes rezagos.
En este contexto, es importante señalar que durante estos 200 años los mexicanos hemos afrontado lastres y obstáculos que, sin duda, han entorpecido el desarrollo de la nación.
Enumeraré los más importantes:
a) La falta de un crecimiento económico sostenido por periodos prolongados, que logre detonar el desarrollo económico, social e integral de México.
b) El rezago histórico respecto de los cambios que van marcando la vanguardia en el mundo, sobre todo en el aspecto económico, tecnológico y científico.
c) Que todos los mexicanos estemos convencidos y converjamos hacia un interés superior de la nación, incluso hacia una identidad nacional que asumamos, vivamos y nos comprometa.
d) Vicios y prejuicios que el país enquistó en diferentes momentos históricos y que se convirtieron en premisas; por ejemplo, el corporativismo, una lucha de clases convenenciera y electorera, un soberanismo defensivo y corto de mira, un patrimonialismo burocrático y estatal, entre otros estigmas.
e) Algunas actitudes que como mexicanos nos urge cambiar, como la falta de decisión, ciertos complejos de inferioridad, personalización de todo aquello que se debate y el miedo a ejercer el liderazgo.
Considero que para dejar atrás todos esos frenos al desarrollo de nuestra gran nación es indispensable un gran acuerdo político que involucre a todos, o por lo menos a los principales partidos y, sobre todo, a la sociedad. Acompañando a este gran acuerdo requerimos una reforma política que le permita al gobierno en turno la operatividad, la gobernabilidad y dar los resultados esperados.
Se requiere también que la sociedad participe en forma coordinada y ordenada, para que no se pierdan los esfuerzos en la nada.
Debemos anteponer el interés superior de la nación a los intereses particulares, necesitamos liderazgos con visión de estadista, ver mucho más allá de lo electoral y del corto plazo.
Requerimos volver al humanismo político; es decir, poner a la persona en el centro de nuestras decisiones. Este humanismo está muy por encima de la geografía política de la derecha, la izquierda y el centro; es actuar con ética, respeto a la dignidad de la persona y, subsidiariamente, en todas nuestras decisiones y hechos.
En este contexto me gustaría subrayar, aunque suene reiterativo, que para dar el paso decisivo como nación nos ha faltado un desarrollo integral; para lograr esto, una condición indispensable es que nuestra economía crezca a tasas de por lo menos el 5 por ciento anual en forma constante. Si no tenemos un crecimiento económico sostenido, no tenemos posibilidad alguna de que tengamos en México movilidad social, mejor distribución del ingreso y, por ende,mejor nivel de vida.
Adicionalmente, necesitamos una profunda reforma fiscal hacendaria. No es viable un país como México con ese porcentaje (11 por ciento) de ingresos fiscales sobre el PIB.
Desde luego que lo anterior trae aparejado la necesidad de una profunda reforma energética, que permita la inversión privada en la exploración y refinación del petróleo, como sucede en casi todos los países del mundo, incluso con gobiernos de izquierda, como es el caso de Brasil.
No hay que olvidar, por supuesto, la necesidad de una mejor educación en todas sus formas. En nuestro país hay un gran potencial, hay liderazgos, pero falta muchas veces el sustento académico y de valores, lo que lleva a actitudes de indiferencia y apatía.
En esta tesitura es urgente rescatar nuestra historia, cultura e identidad nacional; nuestro ingenio y capacidad de innovación; la solidaridad que hemos mostrado, sobre todo en los difíciles momentos para nuestro país; la familia; nuestra sensibilidad artística y creativa; nuestra capacidad de trabajo y adaptación, como vemos que lo hacen ejemplarmente nuestros paisanos en Estados Unidos.
No hay que olvidar, por supuesto, la valentía, fortaleza y liderazgo de tantas mujeres que llevan adelante a sus familias, trabajando y desarrollando su talento; la experiencia y sabiduría de nuestros viejos —hoy tenemos mucha genteen la cima de su madurez que puede y debe aportar mucho a nuestro país—, así como la espiritualidad, el misticismo que nos permite ver la magia de nuestro pueblo, la riqueza de la sabiduría popular y el servicio a los demás, sobre todo a la niñez, a los grupos vulnerables, a nuestros viejos y a las madres solteras, entre otros sectores de nuestra sociedad.
Sólo si cumplimos con las condiciones enumeradas aspiraremos a un México con una democracia eficaz que dé resultados. Un México en el que su economía crezca sostenidamente a tasas lo suficientemente altas para lograr crecimiento económico, desarrollo, movilidad social, bienestar generalizado y una amplia clase media.
Un México de cultura vasta y profunda, en donde encontremos sabiduría del pasado, valor del presente y visión de futuro. Un México en donde cada niño tenga la oportunidad de una excelente educación, viva su infancia intensamente con amor, con alegría. Un México en donde nuestros viejos vivan sin carencias ni angustias, que disfruten con la paz y tranquilidad que se merecen.
Un México que, sin duda, podemos hacer realidad.




