La Agenda de Romano
El tamaño del infierno

De pronto, en plena cena navideña, sin provocación y sin aviso que nos cayeron los inminentes consuegros. De por si la Navidad es difícil, en ese ambiente de melancolía anticipada y frustración consumista, para además ponerse a platicar con personas que enfrentaba por primera vez.
Y al principio fue sencillo: la Doña hizo plática con dos de mis hijas mientras la sidra se calentaba en mi copa conmigo sin saber qué decir, hasta que de pronto, Don Consuegro, que tampoco hablaba, sintió que era obligatorio decir algo inteligente y en medio de una charla sobre asesinatos, soltó su foxeada: “Son seres perversos –refiriéndose a los narcos—discípulos de ese tal Dante Alligheri”.
Supongo que por el remordimiento de haberme zampado un trozo de pavo, me sentí en la obligación de defender al florentino:
“Oiga señor, Dante no era perverso; era un poeta buena onda”
“¡Qué va: no ve que escribió acerca del infierno!”, espetó tan orondo como Fox con su Borgues.
No he aprendido nada: ¿De qué sirve la verdad?
“Pues fíjese que no: “La Divina Comedia” es un libro de amor, en donde el Infierno es apenas el recurso poético, la zona de misericordia donde coloca a los réprobos de su época, para transitar hasta la zona de amor, donde lo espera Beatriz”.
Vi la cara de una de mis hijas con expresión de mi papá ya empezó y mejor guarde silencio. Don Consuegro también calló y Doña Consuegra me vio con gesto de atrapada en el Quinto Círculo del Infierno de Dante, y casi en seguida se despidieron y desde entonces no me dirigen la palabra.
Pero es cierto; los versos del poema dantesco entrañan en la conjunción de las palabras el inexplicable y trémulo poderío del ensueño. Dante sacia todas las sedes: su texto afecta lo mismo a escritores que a filósofos, a teólogos y políticos y hasta simples enamorados.
Pero también es cierto lo que dice Don Consuegro: Dante inventa el Infierno. Pero no está habitado por criminales. Lo que tiene de espantosa la ciudad de Lucifer es su inutilidad, su esterilidad irremediable y además no conduce a ninguna parte. Es por eso que el Infierno de Dante es el lugar trágico por excelencia.
Y eso me recordó una historia que ya he contado antes, en otra parte:
Cierto ejidatario Amuzgo tuvo un problema con su vecino, que movió la cerca de colindancia. El quejoso fue con su amigo el jefe del ejido, quien le dijo que no podía resolver nada y lo mandó con el jefe de la Comisaría local.
Fue con el comisario, y le dijo lo mismo.
Lo envió con el Presidente Municipal, quien lo recibió tras dos días de espera, para decirle que tenía que elevar su queja ante la cabecera municipal regional.
Fue hasta allí, pero tuvo problemas porque ya casi nadie hablaba su idioma. Pero alguien se compadeció y una semana después le dijo que debía ir a la circunscripción regional de la Costa Grande.
Ahí nadie hablaba su lengua, pero logró entender que tenía que ir hasta la capital del estado. Fue, y ahí lo mandaron a la delegación de la Reforma Agraria, y de ahí alguien lo guió hasta la Procuraduría Agraria.
Sin saber exactamente cómo o por qué, dos meses después de que salió de su solar, andaba perdido en las calles de la Ciudad de México y jamás pudo regresar a su casa. Su vecino tiró la cerca, se adueñó de toda la media hectárea que era su patrimonio y por el que había recorrido el infierno y su familia murió de hambre.
Lo infernal es que la historia no es ficción. El infierno está en Oaxaca, donde hay 570 municipios, cada uno con sus comisarias, con Cabeceras Municipales Regionales que engloban a 20 o 30, con Circunscripciones Regionales que a su vez engloban a unas 30 Cabeceras Municipales Regionales.
Y así hasta llegar al espanto gris de las dependencias federales donde todo acaba sin cesar.




